Me acerco a ellos con lentitud, dudando. Realmente no quiero acercarme a Jared, no quiero que se mueva y su olor me impregne, no quiero que dibuje esa bonita media sonrisa, no quiero que me mire con esos dos pedazos de cielo, no quiero ver su boca y morir de deseos por tocarla aunque sea una sola vez.
Tiemblo un momento cuando llegan a mi lado y Jared me observa detenidamente.
-¿Ves? Te dije que era un acierto-dice Marion dando una suave palmada. Ella lleva el vestido rojo que se compró ayer, adornado con un collar en cascada negro de Swarovsky. Jared lleva las manos en el bolsillo de su esmoquin con despreocupación. Están radiantes. Pienso de nuevo que ahí, los dos juntos, parecen la portada de una revista para gente rica. Pero, como todo el mundo sabe, esas portadas están llenas de photoshop y pura fachada.
A partir de ahí la fiesta transcurre como toda reunión en el Upper East Side: sin sobresaltos, con cotilleos y chismes que probablemente ni siquiera sean ciertos, y conversaciones soporíferas. Un par de copas para que se te haga más llevadera la reunión y una cena abundante en la que las mujeres se controlan para no estropear su perfecto tipo, aunque ¿a quién le importa? Si ganan unos centímetros siempre pueden permitirse una liposucción que lo arregle.
Después de la cena volvemos al salón, donde las conversaciones siguen, un poco más animadas y las copas vuelven a desfilar. Algunas personas se despiden, cogen su chal de seda india o sus abrigos de pieles y salen por la puerta. Otras nuevas llegan, se lamentan de haberse perdido la cena y se integran en una conversación con una copa de champán.
Pero todo cambia alrededor de las doce. Quizá sea porque es la hora mágica, porque es cuando la fiesta llega a su punto álgido o porque el destino así lo quiere; pero los acontecimientos sufren un cambio radical. Tan radical, que casi pierdo la cabeza.
Estoy sentada en el sofá, hablando con Marion y Jared, cuando ella se disculpa y se va al servicio. Jared y yo seguimos hablando sobre el mismo tema: la Universidad. Él tiene muy claro que quiere ir a Harvard y quiere ser un hombre de negocios. Estoy convencida de que con esa seguridad y ese fuerte carisma nada le impedirá labrarse un brillante futuro. Yo, sin embargo, no tengo claro donde quiero estudiar, y así se lo digo. Nueva York es una tentativa muy fuerte, esta ciudad está incluso empezando a gustarme. Pero no podría separarme de mi querida ciudad. A lo mejor hasta voy a UCLA.
Entonces aparece mi tía de la nada para pedirle a Jared que me enseñe la gran biblioteca, asegurando que me volverá loca.
Y eso hace Jared. Me conduce a través del salón y por un largo corredor, hasta llegar a un gran cuarto con altas estanterías repletas de libros. Libros de poesía, de historia, de aventuras, de romances... Paso la mano por los tomos de una balda y me quedo extasiada contemplándolos. Una sonrisa se dibuja en mi cara al ver títulos conocidos: Orgullo y Prejuicio, Lo que el viento se llevó, La señora de Mellyn. Alcanzo a ver en la tercera blada por encima de mi cabeza un título más que conocido: Sherlock Holmes.
Lo saco del estante y me pongo a hojearlo mientras las palabras vienen a mi cabeza antes de leerlas, aprendidas ya de memoria.
-¿Sherlock Holmes?-me pregunta Jared sonriendo.
-Por supuesto. ¿Lo has leído?
-Cientos de veces.-Le miro a los ojos mientras me habla.
Vuelvo a dejarlo en su estantería y sigo paseando entre los libros seguida por él. Huele bien, a madera y a páginas viejas y manoseadas, a frenéticos dedos que pasan de una página a otra con rapidez según va creciendo la intriga que encierran esos libros, a mentes despiertas.
-Jamás te hubiese creído aficionado a la lectura-le confieso.
-No es mi única afición.
-¿Cuál es la otra?-digo parando y girándome para mirarle.
-Besar a cierta chica de los Ángeles.
Y, sin más, me agarra de la cintura y me atrae hacia él.
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