-¿Qué te parece este?
Marion aparece con un vestido corto de gasa naranja con una enorme flor en el pecho. Yo niego rápidamente con la cabeza. Pone cara de disgusto en el espejo antes de volverse a meter en el probador para cambiarse.
-¿ Y este?- dice diez minutos después. Lleva un vestido marrón lleno de volantes con el borde amarillo. Vuelvo a negar con la cabeza. Es la tercera tienda en la que entramos y ninguna de las dos tiene todavía vestido.
Aparece de nuevo con un vestido rojo corto que la sienta verdaderamente bien. La resalta los ojos azules, haciendo que parezca una modelo.
Sonrío y ella se da por satisfecha.
-Lo sé, este es el perfecto.
Da un par de vueltas en el espejo y decide comprarse el vestido y unos tacones negros que hay en el escaparate.
-Ahora solo falta tu vestido-concluye Marion. Me agarra de la mano y me lleva directa a una tienda llena de elegantes vestidos. Selecciona por mí cuatro modelos y me empuja al probador. El primero es un vestido verde con demasiados volantes, que hace que parezca un hada. Marion se entusiasma con él, pero yo lo desecho de inmediato. El siguiente es un vestido rosa palo por la rodilla que hace que parezca una embarazada y que no nos convence a ninguna de las dos. Pero el tercero es increíble. Es un vestido negro con la mitad de la espalda al descubierto y dos grandes recortes en los costados un poco más abajo de la cintura. Es largo, con una abertura en un lateral que alcanza casi la cadera. Dos hilos atan el vestido a mi cuello, haciendo mis hombros delicados y esbeltos.
Marion contiene una exclamación y me mira una y otra vez de arriba a abajo con los ojos abiertos de par en par.
-Cómpralo-me ordena.
Yo hago lo que me dice sin planteármelo ni un instante.
Y con ese vestido llego el viernes, acompañada por mi tía, a casa de Jared. Es una tarde lluviosa, los últimos rayos de sol iluminan la ciudad entre las nubes con una luz mortecina. La limusina se para frente al mismo rascacielos en el que estuve hace tan sólo una semana.
El chfer nos coloca un paraguas negro sobre nuestras cabezas cuando salimos del coche y nos acompañan hasta la entrada del edificio. Entramos en el ascensor y subimos a la trigésima planta. La puerta de ébano ahora está abierta, dejando ver a un grupo de gente en el recibidor. El mayordomo nos espera en la puerta para recoger nuestros abrigos.
Diviso el salón lleno de gente más allá del recibidor y me dirijo a él. Al fondo de él, de pie, están Jared y Marion hablando entre ellos. Cuando entro los dos se giran hacia mí, con mudas expresiones de asombro y admiración. Jared me recorre con la mirada de pies a cabeza con lentitud y Marion me sonríe cogida de su brazo, con satisfacción de su obra.
Un cosquilleo se asienta en mi estómago un instante, advirtiéndome de que jamás olvidaré esta noche.

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