miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 7.

La limusina para delante de un gran edificio de piedra. El chófer viene a abrirnos la puerta y sale primero Jared, que me tiende la mano con caballerosidad para ayudarme a salir. Marion se ha quedado dormida durante el viaje y Jared tiene que sacarla en volandas por el otro lado del coche.
-¿Dónde estamos?-le pregunto cuando cierra la puerta.
-En mi casa.
No se para y sigue caminando con Marion colgada de su hombro como un ligero trapo. Yo le sigo, preguntándome cómo volveré luego a casa. Voy dando pequeños saltitos detrás de él, terriblemente interesada por qué esconderá en su casa. Marion se bambolea a la espalda de Jared sin despertarse siquiera un momento para quejarse. 
El vestíbulo está vacío, solo con un portero en la puerta vestido con traje. Cruzamos el vestíbulo con nuestros pasos resonando por toda la habitación. Cojemos el ascensor y subimos en silencio hasta el trigésimo piso. Solo hay una puerta de ébano, que Jared abre con cuidado. Desde fuera puedo ver un amplio recibidor con el suelo de mármol blanco y un gran espejo con el marco marrón lleno de finos detalles. Me indica que pase y me conduce hasta un amplio cuarto sin ninguna decoración que marque posesión, por lo que debe ser el cuarto de los invitados. Una de las paredes es un amplio ventanal que deja ver toda la ciudad iluminada en la noche.
Mientras él tiende a Marion con cuidado en la cama y le quita los tacones yo me quedo mirando las luces que adornan toda la ciudad. Los coches se ven como pequeñas luciérnagas que se mueven por el asfalto con rápidez y los edificios parecen brillantes dedos alzados en un vano intento de rozar el cielo.
Me quedo tan absorta en las vistas que no me doy cuenta de que Jared admira la ciudad a mi lado con las manos en los bolsillos del pantalón.
-Impresionante, ¿verdad?-me dice al final. Pero me mira a mí. Yo compongo una media sonrisa y asiento, repentinamente violenta. Jared está increíble con el pelo despeinado y la corbata deshecha. Parece sacado de una película antigua, esas con aquellos hombres tan elegantes y atractivos, con esa belleza incapaz de ser ignorada.
Me giro de espaldas a la ciudad y miro como Marion duerme pacíficamente.
-¿De dónde eres?-le pregunto al final. Él abre la boca para contestarme, pero en ese momento su móvil empieza a sonar. Saca su blackberry del bolsillo de la chaqueta y se la lleva a la oreja.
-¿Sí?-le oigo decir. Luego vuelve su mirada hacia mí y sonríe.-Sí, está aquí conmigo.-Debe ser tía Mellyn, que estará preocupada por mi repentina desaparición.-Ahora la mando para allá, adiós-dice por último y cuelga.
-Tía Mellyn debe estar preocupada-digo andando deprisa hacia la salida.
-Sí, sobre todo porque estés en mi compañía-dice con tranquilidad cuando llego a la puerta. Antes de abrirla me giro para mirarle de frente.
-¿A qué te refieres?
-Mi reputación no es precisamente intachable, ¿sabes?-me contesta abriéndome la puerta.-Y tu tía lo sabe muy bien. Ninguna persona de Nueva York estaría tranquila si supiese que un familiar suyo está conmigo… a solas-acaba, acercándose a mí.
-Mi tía confía en mí-alzo la barbilla. ¿Acaso cree que puedo caer tan fácilmente? Se va a enterar de lo diferentes que somos las mujeres fuera de Nueva York.
-Puede, pero de mí no.-Abre la boca en una sonrisa diabólica y se acerca más. Yo doy un paso hacia atrás y salgo de su casa todavía mirándole a los ojos.- Y tú tampoco deberías.
Con esas palabras me cierra la puerta en las narices, dejándome con cara de idiota.

Capítulo 6.

Ahora Jared lleva a Marion como si fuese un saco de patatas, colgado en su hombro sin ningún esfuerzo. Bajamos en ascensor oyendo de fondo los gritos incoherentes de Marion, que lanza improperios al aire, ininteligibles debido a la cantidad de alcohol ingerido. Lleva el pelo revuelto y la cinta negra descolocada.
Ya fuera, Jared la deja sentada en el banco de piedra en el que había estado sentada con él hacía tan solo media hora, y me pide que la intente calmar mientras llama a su limusina. 
Me siento al lado de Marion y empiezo a hablarla como si fuese una niña pequeña.
-Vamos, Marion, tranquilízate-la acaricio el rubio y despeinado pelo.
-¡No!-me grita. Se levanta con violencia para ir a por Jared y la consigo detener agarrándola del vestido.
-Siéntate-la ordeno con brusquedad, sin ganas ya de hacerlo por las buenas. Me estoy empezando a cansar y me voy a acabar poniendo de mal humor.
Marion me mira como un perrito que comprende por el tono de su amo que está cabreado. Me obedece y para quieta, tambaleándose en el banco a causa del mareo.
Dos minutos después aparece Jared y la agarra del brazo con un escueto «vamos». Yo les sigo más por ver como acaba la cosa que por que me necesiten.
Una limusina espera frente al edificio, elegantemente negra. Un suave ronroneo sale de su motor, como la representación de los misterios de Nueva York. Quién sabe cuantos secretos debe albergar ese largo vehículo. Si esas paredes pudieran hablar, contarían todos los secretos de Jared, y admito que yo no impediría a mis oídos escucharlos.
Vuelvo a la realidad y me encuentro al dueño de la limusina colocando con suavidad a una pacífica, aunque todavía ebria, Marion en el coche. Antes de seguirla al interior, se gira hacia mí para pedirme que les acompañe. 
No debería, tendría que volver a la fiesta y fingir que no me afecta lo que haga Jared, pero teniéndole delante me es imposible ver lo que debería hacer.
Subo en la limusina y él me sigue. Le da una dirección al conductor y se recuesta en el asiento, aflojándose la corbata y sin peinarse el pelo revuelto a causa de el forcejeo entre Marion y él. Está relajado, como si estuviese acostumbrado a esta clase de situaciones. Yo por el contrario me encuentro en un estado de absoluta tensión. Mi tía debe estar buscándome, voy en limusina con dos chicos a los que acabo de conocer y una de ellos está borracha.
-¿Qué te trae por Nueva York?-comienza él la conversación. Sin embargo, no me mira a mí sino que mira por la ventana, a la serie de luces, carteles y edificios que se suceden.
-Una larga y traumática historia-le contesto, admirando su perfil bajo las luces de la ciudad. No tengo ganas de dar explicaciones, no quiero revivir lo que sucedió.
-Como a todos, supongo-me mira ahora fijamente a los ojos y mi vista se queda clavada en él. Vaya, no se me había ocurrido que hubiese algo detrás de ese muro de vida perfecta que rodea a todos los personajes elitistas de Nueva York.
Después de un rato vuelve de nuevo la vista hacia la ventana, pero yo continúo mirándole. Seguimos en silencio hasta que señala un edificio blanco de barandillas negras muy elegante.
-¿Ves ese edificio? Fue mi primera casa en Nueva York. O, más bien, la casa de la segunda mujer de mi padre-rectifica.
Eso me llama la atención, pero mantengo la boca cerrada. No me atrevo a preguntar, no quiero obligarle a hablar.
Jared no sigue. Se queda satisfecho con eso y sigue mirando por la ventana, sin ver realmente nada. Está sumido en sus pensamientos, más lejos de mí de lo que jamás podría estar nadie. Y así, bajo las luces de la ciudad, con la mirada perdida y el pelo despeinado, me parece más humano y a la vez más inalcanzable que nunca.

Capítulo 5.

Me muevo entre la gente como en un sueño. Esta fiesta no tiene nada que ver con aquellas a las que solía ir en mi ciudad. Aquí los menores beben champán delante de sus padres, que les ofrecen también otras bebidas con alcohol. Nadie se desmadra, nadie vomita en la alfombra, nadie baila y nadie grita. Todo es elegante, tenue, sin escándalos. No tienes que clavar los codos para abrirte paso ni apartarte del camino de borrachos en camino del coma etílico.
Llego por fin a donde está mi tía, en el mismo sitio donde la dejé. Está hablando con una anciana de moño canoso tirante y vestido holgado negro, que me mira con unos ojillos negros de águila.
-Tía Mellyn, ¿me buscabas?
-Ivy, cielo, te presento a la señora Vonmahiar. Es la directora de una cadena de lujosos hoteles en Oriente, que acojen a todo tipo de celebridades.
La señora Vonmahiar me tiende la mano, mientras me dice "encantada de conocerte" con un suave acento francés. Me estudia con disimulo, de la misma manera que todos lo hacen. Debe ser algo que te enseñan a hacer desde pequeño en este lugar. Yo sonrío e intento fingir que no me encuentro incómoda.
Marion.
La señora Vonmahiar y tía Mellyn continúan hablando sobre su inmensamente placentera estancia en Japón en uno de sus hoteles, y yo empiezo a alejarme lentamente. Llego a la mesa de las bebidas y me sirvo un vaso de agua que desentona entre los vasos de bebidas alcohólicas y a la vez sumamente elegantes, que sostienen la mayoría de los invitado.
No se me va de la cabeza el hecho de que Marion y Jared estén saliendo. En cierto modo tiene sentido, los dos parecen sacados de una revista. Marion, con su pelo largo dorado y sus inmensos ojos azules, y Jared, con sus aires de grandeza, como si poseyese un título nobiliario de un importante país europeo. ¿Y yo qué pinto ahí en medio? Con mi carencia de acento esnob, mis aires de Los Ángeles y mi ridícula estatura.
Por un momento me dan ganas de coger una botella de cualquier cosa que pueda adormecer aunque solo sea un poco mi cerebro. Pero al tocar la botella una imagen aparece en mi cabeza con desoladora claridad: veo como caemos por el barranco y como el coche choca contra nosotros. Noto un terrible dolor en el codo derecho como una advertencia, y suelto la botella corriendo como si quemase.
-No es veneno-oigo una voz a mi lado. Me giro para ver a Marion, que me sonríe sin malas intenciones. Yo sonrío a mi vez y me ruborizo por la vergüenza, sin ganas de explicar lo que sucedió.
-Lo sé-digo solamente. Luego veo quién está a su lado, agarrándola de la cintura con desgana, como si solo fuese un formalismo de cara al público.
-Entonces, ¿quieres una copa?-me pregunta Marion. Yo vuelvo a mirarla a ella, esperando que no se dé cuenta de que estaba observando a su novio.
-No-digo rápidamente.-No, gracias.
-Pues yo la necesito-la oigo decir en un susurro. Se aleja del abrazo de Jared, que deja caer el brazo sin inmutarse. Veo como la mira mientras se aleja y deduzco que están pasando por una pequeña crisis. Me pregunto por un momento si es por mi culpa, pero luego me tacho de egocéntrica y aparto esa idea de mi mente. Observo como Marion se sirve un vaso de caro whisky y se lo bebe de un trago. Vuelve a hacer lo mismo tres veces, hasta que a la cuarta Jared la agarra de la mano con fuerza.
-Basta, Marion-la dice con suavidad pero sin admitir ninguna réplica.
-Es solo una copa-replica Marion. En su voz se detecta ya cierta ebriedad.
-No, es la cuarta copa-la corrige él.-¿Quieres acabar montando el numerito de borracha delante de todo el mundo? Los dos sabemos como te pones cuando te tomas más de tres copas.
-¿Qué importa?-dice Marion intentando zafarse de su mano.-Debería darte igual como te da igual toda mi vida.
De repente siento que sobro ahí. Es una discusión de pareja y yo solo soy el tercer vértice del triángulo.
-No es momento para discutir esto, Marion.
-¿Por qué no?-empieza a levantar la voz.-¡Si no me quieres dímelo ya!
Varios grupos de personas se giran para mirar a la indecente que está montando el numerito. Me doy cuenta de que está chillando e intento calmarla.
-Marion, ¿por qué no vamos a beber agua?-la intento agarrar de la otra mano, pero la aparta.
-No, vamos a discutir esto ahora.
Jared la suelta la mano y suspira. Se coloca detrás de ella y la agarra de los brazos, estrechándoselos contra el cuerpo. Me hace un gesto para indicarme que le siga y se dirije a la salida. Yo corro detrás de ellos y salgo por la puerta.

Capítulo 4.

Un chico aparece apoyado en el marco de la puerta con indiferencia, hablando por el móvil. A su lado una mujer de edad indefinida a causa del bótox saluda a tía Mellyn con un abrazo. Pero ella me da igual, es otra de las chismosas millonarias con las que se suele juntar tía Mellyn, nada nuevo.
Dirijo mi atención otra vez al chico. Se incorpora, cierra el móvil y entra por la puerta con las manos en los bolsillos, que solo saca para saludar a mi tia. Es bastante alto, con el pelo moreno muy oscuro y los ojos azules llenos de un fria indiferencia.
-Jared, querido, ven a saludar a mi sobrina-le pide mi tía. Jared la besa primero a ella y luego me estrecha a mí la mano. Noto como un incómodo rubor sube por mis mejillas para burlarse de mi nerviosismo.
Jared.
-Ivy estudia en el Steven's High este año-le informa mi tía. Jared me mira con cierta curiosidad, haciendo resbalar su azul mirada desde mis ojos hasta mis zapatos. Yo me remuevo con nerviosismo y me voy a saludar a su madre.
Le pierdo de vista cuando poco a poco comienzan a llegar el resto de invitados y el salón se llena de voces y vasos tintineantes por los hielos.
Tía Mellyn se desliza por la sala con naturalidad presentándome a todo el mundo. Acabo estableciéndome en un grupo mientras finjo interés por el tema de la Bolsa
-Bonita fiesta-oigo una voz a mi espalda. Me giro y me encuentro con la chica del pasillo.
-Marion- se presenta tendiéndome la mano.-La chica del pasillo de esta mañana-me aclara con una sonrisa. Lleva un vestido negro corto y el precioso pelo peinado con una cinta negra.
-Ivy-la aprieto la mano.
-¿De dónde eres, Ivy?-me pregunta mientras nos dirijimos a sentarnos a unos sillones que hay cerca.-No hemos tenido mucho tiempo para hablar esta mañana.
-De Los Ángeles.
-Vaya, es fabuloso-me dice con una sonrisa, mientras bebe un poco de champán.
-Marion, acompáñame-le dice una señora mayor, agarrándola del hombro. Marion se disculpa con la mirada y se dirije con ella hacia un grupo de gente.
Yo acabo merodeando por la fiesta, hablando con personas que me va presentando mi tia y que realmente me resultan indiferentes. Cuando el reloj marca las diez y solo se ve oscuridad por los cristales, decido salir sin que nadie se dé cuenta y tomar un poco el aire.
Me escabullo pasando entre la gente y salgo de la casa sin que nadie repare en mi huida. Llamo al ascensor y el botones me acompaña hasta el primer piso. Salgo por la puerta y la cierro detrás de mí con alivio. El aire me agita el pelo con suavidad, y el ruido de los coches me parece tan solo un lejano murmullo. Me siento en un banco de piedra y echo la cabeza hacia atrás para apoyarla en el muro. Contemplo las estrellas durante un momento y me siento perdida. Yo no encajo en este mundo. No tengo dinero, no soy alta, ni rubia. No me gusta hablar del tiempo con un estúpido acento snob y mucho menos de como va la Bolsa. Echo de menos mi casa, mi familia, mi pequeña ciudad y mis cosas cotidianas y absurdamente normales.
Cierro los ojos y permanezco así durante un buen rato. Intento hacer desaparecer todo pensamiento de mi cabeza, intento imaginarme qué estaría haciendo en este momento.
Un suave carraspeo me saca de mi imaginación, haciéndome abrir los ojos y poner derecha la cabeza.
Me encuentro a Jared de pie muy cerca de mí, con una sonrisa de burla en la cara y un cigarro en la mano derecha.
-Siento interrumpir tus sueños,-me dice con una agradable y muy masculina voz,-pero te requieren arriba.
-Pueden esperar-contesto, apoyando la cabeza de nuevo en la pared pero sin cerrar los ojos. Veo de refilón como Jared se encoge de hombros y se sienta a mi lado sin decir nada. Sigue fumando tranquilamente y mi corazón se acelera cada vez más. No sé qué decir, siento que la temperatura ha subido diez grados por lo menos y no sé qué hacer con las manos.
Él, como si oliese mi nerviosismo, se gira hacia mí.
-¿Estás bien?
-Perfecta.-Pero noto como me tiembla la voz y me maldigo a mí misma.
La puerta del edificio vuelve a abrirse y aparece Marion, que mira a Jared con cara de haber encontrado lo que llevaba tiempo buscando. Luego dirije sus ojos hacia mí y parece levemente sorprendida.
-Por fin te encuentro, cariño-le dice a Jared. Se sienta entre los dos y nos sonríe.-¿De qué estabais hablando?
Yo tardo cinco segundos en procesar ese «cariño».  Y ver a Marion cogerle de la mano me ayuda bastante a interpretarlo, aunque no hace más leve la sorpresa.
-De que me buscan arriba-digo, mucho más nerviosa de repente. Me levanto y entro al edificio sin mirar ni un momento atrás, para no ver lo evidente. Mi sueño se acaba de escapar entre mis manos.

domingo, 23 de octubre de 2011

Capítulo 3.

Vivo con mi tía en un lujoso apartamento de Manhattan justo en el centro de toda la zona cosmopolita. A veces me siento como en un capítulo de Sexo en Nueva York con tanto Manolo Blahnik subiendo y bajando en el ascensor. 
Y, por desgracia, además del cambio de vida, mi armario también se vió modificado. Mi tia me hizo guardar mi ropa antigua y mi nuevo armario me recibió con un amplio y totalmente diferente abanico de prendas y accesorios de las mejores marcas.
Llego a mi habitación, más grande que el salón de mi antigua casa, y me encuentro sobre la cama un precioso vestido de seda azul oscura de Elie Saab. Tiene un escote bastante poco discreto en v cuyo fin llega a la cintura, donde el vestido se estrecha, a juego con la misma abertura en v de la espalda. 
En el suelo hay unos tacones con plataforma de tiras negras de Louboutin que deben haber costado una fortuna. Pero mi tia no debe haber reparado en gastos, por supuesto. A veces se me olvida que aquí la gente usa los billetes como si fuesen simples folios.
Me doy una larga ducha para calmarme antes de que empiece la fiesta. No me atrevo a admitirlo delante de mi tia pero estoy muy nerviosa. Su círculo de conocidos se basa en gente tan rica que podría comprar equipos de fútbol, y tengo miedo de meter la pata con mi actitud pobretona.
Salgo de la ducha y me pongo el vestido y los zapatos. Me paro delante del espejo y me lanzo una breve mirada. Es increíble. En Los Ángeles jamás tuve vestidos como estos. Parezco una de ellos, otro palillo snob de piernas extralargas y cuello fino. Doy un par de vueltas con una sonrisa satisfecha y mi perfume, mezclado con el olor de mi champú, me envuelve.
Alguien llama a la puerta interrumpiendo mi efímero sueño. Me paro intentando aparentar indiferencia ante mi lujosa vestimenta y me giro. Sophie está en la puerta, admirándome con una sonrisa. Sophie es mi especie de doncella personal. Es muy alta y delgada, y podría parecer una modelo de no ser por su tensa manera de caminar, nada femenina, y ese pelo encrespado que se recoge siempre en un moño nada favorecedor. Por lo demás su expresión es bastante dulce, incluso agraciada.
-Está usted preciosa, señorita-me dice con su fuerte acento francés.
-Gracias, Sophie.
-Pero falta un bonito peinado y maquillaje.
Me siento en la silla de mi tocador mientras Sophie se mueve a mi alrededor a toda velocidad agarrando tenacillas, rulos, horquillas y finas gomas. Veo como trajina con mi cabello sin darme un solo tirón y secándolo de manera que mi pelo se vuelve voluminoso.
Cuando acaba y me miro al espejo casi no puedo ni reconocerme. A cada lateral de mi cabeza hay dos trenzas de raíz que acaban en un intrincado moño un poco alto adornado con perlas. Y, para rematarlo, un mechón suelto peinado en una suave onda que me llega a la mitad de la espalda descubierta.
Cuando acabo de admirar el maravilloso trabajo que ha hecho con mi pelo, Sophie se pone manos a la obra con el maquillaje. Se limita a resaltar mis ojos con sombra negra en mis párpados que se va difuminándose a medida que se va acercando a mis cejas y un poco de brillo de labios, no necesito nada más.
-Ya está lista, señorita-me informa Sophie, admirando su obra con orgullo. Me dirijo al espejo de cuerpo entero para poder ver todo el conjunto al completo y me quedo con la boca abierta. Me toco la mejilla y compruebo que sigo siendo yo, la humilde chica de clase media de Los Ángeles, y no he mutado a robot newyorkino.
Suena el timbre y me siento obligada a salir de mi ensimismamiento. Salgo de la habitación y voy a la puerta a ayudar a mi tia a ejercer de anfitriona.
Llego a la puerta suponiendo que será alguna chica robot del instituto o alguna rica cotilla amiga de mi tia. Justo cuando Sophie abre la puerta yo compongo una sonrisa llena de amabilidad. Pero todo tipo de emoción que pudiese estar sintiendo se disipa para dejar paso a la simple y llana sorpresa.
En ese mismo instante supe que a partir de ahí todo serían problemas.

Capítulo 2.

-Te pasaré a recoger a las dos, ¿de acuerdo?-me dice tía Mellyn con amabilidad. 
Yo me quedo diez segundos más en el coche mirándome las rodillas, mientras me abrazo a los libros y respiro hondo tres veces.
-No tienes que preocuparte por nada, todos te adorarán-me sonríe, apretándome el brazo para infundirme ánimos. Yo la sonrío, pero me sale una mueca horrible. Mi primer instinto es agarrarme a su brazo y llorar, suplicando que me lleve otra vez a casa, pero no lo hago. Comprendo que tengo que ser valiente y no darme por vencida antes de nada.
Salgo del coche y cierro la puerta con fingida decisión. Un par de chicas pasan a mi lado y me miran de arriba abajo, girándose de nuevo al frente con indiferencia. Me siento tan idiota. Si al menos no tuviese que llevar este ridículo uniforme. 
Tía Mellyn arranca su flamante descapotable y se va, despidiéndose con la mano y una sonrisa de comprensión. Si me quedaba una pizca de seguridad la acabo de perder. Respiro hondo una última vez. Me aliso la falda gris y me coloco bien la camisa blanca. Me coloco bien los libros contra el pecho y me dirijo al Instituto, que se encuentra unas manzanas más allá.
Camino hacia allí con paso lento, sin prisa por llegar. Me cruzo con un grupo de chicos vestidos de uniforme que se fuman un cigarrillo antes de entrar a las clases. Todos me miran al pasar y yo me niego a girar la cabeza y mirarles directamente a la cara.
Llego a la puerta del Steven's High School y me paro. Veo a la gente caminar de un lado a otro, siempre acompañados. Fácilmente distingo el prototipo de chica del Instituto, son todas iguales. Rubias, con el pelo lacio y los ojos azules. Altas, delgadas y seguramente con más de un retoque mediante cirujía plástica.
Definitivamente no voy a encajar en este sitio. Con mi metro sesenta y seis de fina complexión, mi pelo negro azabache con tirabuzones que comienzan a la altura de la cintura, y mis ojos verdes, no encajo con el modelo del Steven's High School.
Doy un paso y ya no me permito parar. Sigo todo recto hasta la taquilla 275, la cual se supone que será mía durante todo el año. La abro con la combinación que tengo apuntada en una hoja y meto todos los libros dentro, excepto el de Historia, que es el de mi primera clase.
-¿Nueva?-oigo una voz femenina detrás de la puerta de mi taquilla abierta. La cierro para poder ver quien me habla.
Uno de los prototipos del Instituto me sonríe con amabilidad, guardando los libros en la taquilla vecina. Tengo que mirar un poco hacia arriba, para poder verla la cara.
-Sí-la contesto un poco incómoda.
-Te va a gustar el colegio- dice echando a andar con un libro en la mano e indicándome que la siga. Me gustaría contradecirla, pero no me apetece empezar a crearme enemigos ya desde el primer día.
-Sí, no pinta mal-la miento.
-Y que no te engañen las apariencias, no somos tan snobs como parecemos-suelta una carcajada.-¿Qué clase tienes?
-Historia-la enseño mi libro. Una llamita de esperanza prende en mí, pensando que vendrá a mi clase y así habrá alguien amable que me apoye. Pero para mi gran desilusión chasquea la lengua decepcionada y me enseña el libro que tiene en la mano: Arte.
El timbre suena justo en ese momento y me dirijo a mi aula arrastrando los pies. Cuando entro todo el mundo está hablando. Algunos sentados encima de los pupitres con comodidad, otros de pie y otros en el suelo. Yo me dirijo a un pupitre al fondo del todo de la clase, intentando pasar desapercibida. Pero noto como me miran y me fichan rápidamente como la nueva. Los menos disimulados incluso se atreven a señalarme con lo que ellos piensan que es discreción, haciéndome sentir incómoda.
Cuando el profesor aparece todos se sientan en su sitio con tranquilidad. Me doy cuenta de que hablan al profesor como si fuese su amigo, sin respeto alguno. Supongo que eso es lo que sucede cuando eres tan rico que un cheque de papá lo arregla todo.
Por suerte no me hacen salir a presentarme y todos los profesores me tratan como si llevase toda la vida allí. Con los alumnos no sucede lo mismo. Me miran con curiosidad, como si fuese el nuevo juguete del Instituto.
Más o menos en todas las clases sucede lo mismo, excepto en Literatura a tercera hora, en la que coincido con mi vecina de taquilla.
Por fin suena el timbre final a las dos y yo salgo prácticamente corriendo al coche de mi tia, que me espera donde me ha dejado esta mañana.
-¿Qué tal ha ido el día?-me pregunta mientras nos ponemos en marcha.
-No demasiado mal-la contesto, observando con alivio como dejamos atrás el Steven's High School.
-Bien, porque todavía no ha acabado-dice con una sonrisa misteriosa, con el tono de alguien que tiene preparada una sorpresa.
Y a mí, como ya he dicho, no me gustan las sorpresas.

Capítulo 1.

Parecía que la noche iba a tragarnos. La única luz en la sombra era la de los faros del coche que alumbraban la carretera. A nuestra izquierda había un bosque oscuro y a la derecha una caída de unos dos metros. Una raya blanca continua se movía a toda velocidad por la carretera a nuestro paso, describiendo curvas de vez en cuando. Algún cartel solitario anunciaba la lejanía de la ciudad y parecía burlarse de nosotros.
Una música suave sonaba de fondo en el interior del coche. Alguna canción country de los sesenta con una voz ronca acompañada de una sola guitarra de fondo. Mi padre seguía el ritmo distraídamente, golpeando el volante con las yemas de los dedos. Mi madre la tarareaba en el asiento del copiloto con una sonrisa y los ojos cerrados. Iba tapada con un chal a pesar de que estábamos en pleno agosto y hacía un calor insoportable. Mi hermana iba mirando por la ventana pero sin ver realmente nada. Por su reflejo pude ver que se estaba tocando su corto pelo, como siempre que estaba pensando en algo que la preocupaba.
Una luz que no provenía del coche apareció de repente de la nada. No le di importancia, creyendo que era una farola. Sin embargo, parecían los faros de otro coche. Pero eso era imposible, porque entonces significaría que venía en dirección contraria, directo hacia nosotros.
No pude gritar a tiempo. Mi padre dió un volantazo hacia la derecha con brusquedad y caímos dos metros más abajo con un fuerte golpe y un sonido sordo nada alentador. Por el brusco volantazo el coche se vió impulsado a un lado, dando tres violentos giros de campana en el aire. Caímos sobre el abollado techo del coche y las luces titilaron, quedándose finalmente encendidas.
Todo fue demasiado rápido. No vi mi vida pasar a cámara lenta como dicen en las películas, ni pude ver casi nada de lo que sucedía en realidad. Solo noté los bandazos y los duros golpes, y un agudo chillido taladrándome los oídos. Cerré la boca y el sonido cesó de pronto.
Otra vez la misma pesadilla. Desde hace meses se repite una y otra vez en mis sueños, haciéndome revivir cada 24 horas la angustia que sufrí ese día.
Sucedió hace ya un mes, pero las secuelas físicas y psicológicas no me lo dejan olvidar. Sigo recordando la historia, reviviendo cada detalle de esa terrible noche.
No recuerdo como llegué al hospital, pero me encontré varias horas después tumbada en una camilla con una doctora examinando todas las heridas. Me hicieron varias pruebas y la conclusión fue bastante mejor de lo que esperaba. Contusiones en el codo derecho y en la rodilla izquierda y varias heridas y hematomas sin importancia repartidos por todo el cuerpo. Tendría que ir a rehabilitación varias veces por semana y no podría hacer deporte en varios meses.
La policía nos explicó lo ocurrido. Un borracho se había cruzado en nuestro camino en dirección contraria. Le detuvieron media hora después en una carretera cercana a donde se produjo el accidente.
Llegó Septiembre y el shok que había sufrido se hizo notar. Mis padres empezaron a preocuparse y se temieron que jamás superase una experiencia tan cercana a la muerte. Al final decidieron, con ayuda de mi psicóloga, que un cambio de aires me vendría bien.
Y aquí estoy. Ahora vivo con mi tia en un precioso apartamento de Nueva York. Las ciudades grandes nunca me han gustado. Demasiada gente, demasiado ruido. Antes vivía en una pequeña ciudad de California, un poco más al Norte de los Ángeles. Acostumbrada al mar y al calor, mudarme a la otra costa del continente supuso un gran cambio en mi vida.
En la Gran Manzana todo se desarrolla con rapidez, crece por minutos, gira a toda velocidad. El tiempo cuesta dinero y la lentitud no está bien vista. Todo es más grande, más lujoso y más elegante que en mi ciudad. La gente es más fría, no tan amable, no conoces siquiera a tus vecinos o a tus compañeros.
Sin embargo, a veces lo encuentro incluso fascinante. Mi tia dice que es porque tengo alma de artista, como mi abuela. La única diferencia es que ella pintaba y yo fotografío. En eso me parezco a Nueva York: en el avance, la tecnología y la rapidez.
Nunca me han gustado los cambios y ahora debo acostumbrarme. Esta es la Ciudad Cambiante. Las tradiciones no existen y todo es nuevo. Quizá debería asumirlo con más entusiasmo y pensar que es una nueva experiencia. Sin embargo, todo el mundo sabe que lo nuevo es desconocido, y a mí no me gustan las sorpresas.
Pero estoy aquí, y eso significa que tengo que aprender a vivir en la Jungla de Asfalto. Sobre todo porque mañana parto directa al corazón de la selva.
Mañana es mi primer día de Instituto.