miércoles, 26 de octubre de 2011

Capítulo 6.

Ahora Jared lleva a Marion como si fuese un saco de patatas, colgado en su hombro sin ningún esfuerzo. Bajamos en ascensor oyendo de fondo los gritos incoherentes de Marion, que lanza improperios al aire, ininteligibles debido a la cantidad de alcohol ingerido. Lleva el pelo revuelto y la cinta negra descolocada.
Ya fuera, Jared la deja sentada en el banco de piedra en el que había estado sentada con él hacía tan solo media hora, y me pide que la intente calmar mientras llama a su limusina. 
Me siento al lado de Marion y empiezo a hablarla como si fuese una niña pequeña.
-Vamos, Marion, tranquilízate-la acaricio el rubio y despeinado pelo.
-¡No!-me grita. Se levanta con violencia para ir a por Jared y la consigo detener agarrándola del vestido.
-Siéntate-la ordeno con brusquedad, sin ganas ya de hacerlo por las buenas. Me estoy empezando a cansar y me voy a acabar poniendo de mal humor.
Marion me mira como un perrito que comprende por el tono de su amo que está cabreado. Me obedece y para quieta, tambaleándose en el banco a causa del mareo.
Dos minutos después aparece Jared y la agarra del brazo con un escueto «vamos». Yo les sigo más por ver como acaba la cosa que por que me necesiten.
Una limusina espera frente al edificio, elegantemente negra. Un suave ronroneo sale de su motor, como la representación de los misterios de Nueva York. Quién sabe cuantos secretos debe albergar ese largo vehículo. Si esas paredes pudieran hablar, contarían todos los secretos de Jared, y admito que yo no impediría a mis oídos escucharlos.
Vuelvo a la realidad y me encuentro al dueño de la limusina colocando con suavidad a una pacífica, aunque todavía ebria, Marion en el coche. Antes de seguirla al interior, se gira hacia mí para pedirme que les acompañe. 
No debería, tendría que volver a la fiesta y fingir que no me afecta lo que haga Jared, pero teniéndole delante me es imposible ver lo que debería hacer.
Subo en la limusina y él me sigue. Le da una dirección al conductor y se recuesta en el asiento, aflojándose la corbata y sin peinarse el pelo revuelto a causa de el forcejeo entre Marion y él. Está relajado, como si estuviese acostumbrado a esta clase de situaciones. Yo por el contrario me encuentro en un estado de absoluta tensión. Mi tía debe estar buscándome, voy en limusina con dos chicos a los que acabo de conocer y una de ellos está borracha.
-¿Qué te trae por Nueva York?-comienza él la conversación. Sin embargo, no me mira a mí sino que mira por la ventana, a la serie de luces, carteles y edificios que se suceden.
-Una larga y traumática historia-le contesto, admirando su perfil bajo las luces de la ciudad. No tengo ganas de dar explicaciones, no quiero revivir lo que sucedió.
-Como a todos, supongo-me mira ahora fijamente a los ojos y mi vista se queda clavada en él. Vaya, no se me había ocurrido que hubiese algo detrás de ese muro de vida perfecta que rodea a todos los personajes elitistas de Nueva York.
Después de un rato vuelve de nuevo la vista hacia la ventana, pero yo continúo mirándole. Seguimos en silencio hasta que señala un edificio blanco de barandillas negras muy elegante.
-¿Ves ese edificio? Fue mi primera casa en Nueva York. O, más bien, la casa de la segunda mujer de mi padre-rectifica.
Eso me llama la atención, pero mantengo la boca cerrada. No me atrevo a preguntar, no quiero obligarle a hablar.
Jared no sigue. Se queda satisfecho con eso y sigue mirando por la ventana, sin ver realmente nada. Está sumido en sus pensamientos, más lejos de mí de lo que jamás podría estar nadie. Y así, bajo las luces de la ciudad, con la mirada perdida y el pelo despeinado, me parece más humano y a la vez más inalcanzable que nunca.

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