domingo, 23 de octubre de 2011

Capítulo 3.

Vivo con mi tía en un lujoso apartamento de Manhattan justo en el centro de toda la zona cosmopolita. A veces me siento como en un capítulo de Sexo en Nueva York con tanto Manolo Blahnik subiendo y bajando en el ascensor. 
Y, por desgracia, además del cambio de vida, mi armario también se vió modificado. Mi tia me hizo guardar mi ropa antigua y mi nuevo armario me recibió con un amplio y totalmente diferente abanico de prendas y accesorios de las mejores marcas.
Llego a mi habitación, más grande que el salón de mi antigua casa, y me encuentro sobre la cama un precioso vestido de seda azul oscura de Elie Saab. Tiene un escote bastante poco discreto en v cuyo fin llega a la cintura, donde el vestido se estrecha, a juego con la misma abertura en v de la espalda. 
En el suelo hay unos tacones con plataforma de tiras negras de Louboutin que deben haber costado una fortuna. Pero mi tia no debe haber reparado en gastos, por supuesto. A veces se me olvida que aquí la gente usa los billetes como si fuesen simples folios.
Me doy una larga ducha para calmarme antes de que empiece la fiesta. No me atrevo a admitirlo delante de mi tia pero estoy muy nerviosa. Su círculo de conocidos se basa en gente tan rica que podría comprar equipos de fútbol, y tengo miedo de meter la pata con mi actitud pobretona.
Salgo de la ducha y me pongo el vestido y los zapatos. Me paro delante del espejo y me lanzo una breve mirada. Es increíble. En Los Ángeles jamás tuve vestidos como estos. Parezco una de ellos, otro palillo snob de piernas extralargas y cuello fino. Doy un par de vueltas con una sonrisa satisfecha y mi perfume, mezclado con el olor de mi champú, me envuelve.
Alguien llama a la puerta interrumpiendo mi efímero sueño. Me paro intentando aparentar indiferencia ante mi lujosa vestimenta y me giro. Sophie está en la puerta, admirándome con una sonrisa. Sophie es mi especie de doncella personal. Es muy alta y delgada, y podría parecer una modelo de no ser por su tensa manera de caminar, nada femenina, y ese pelo encrespado que se recoge siempre en un moño nada favorecedor. Por lo demás su expresión es bastante dulce, incluso agraciada.
-Está usted preciosa, señorita-me dice con su fuerte acento francés.
-Gracias, Sophie.
-Pero falta un bonito peinado y maquillaje.
Me siento en la silla de mi tocador mientras Sophie se mueve a mi alrededor a toda velocidad agarrando tenacillas, rulos, horquillas y finas gomas. Veo como trajina con mi cabello sin darme un solo tirón y secándolo de manera que mi pelo se vuelve voluminoso.
Cuando acaba y me miro al espejo casi no puedo ni reconocerme. A cada lateral de mi cabeza hay dos trenzas de raíz que acaban en un intrincado moño un poco alto adornado con perlas. Y, para rematarlo, un mechón suelto peinado en una suave onda que me llega a la mitad de la espalda descubierta.
Cuando acabo de admirar el maravilloso trabajo que ha hecho con mi pelo, Sophie se pone manos a la obra con el maquillaje. Se limita a resaltar mis ojos con sombra negra en mis párpados que se va difuminándose a medida que se va acercando a mis cejas y un poco de brillo de labios, no necesito nada más.
-Ya está lista, señorita-me informa Sophie, admirando su obra con orgullo. Me dirijo al espejo de cuerpo entero para poder ver todo el conjunto al completo y me quedo con la boca abierta. Me toco la mejilla y compruebo que sigo siendo yo, la humilde chica de clase media de Los Ángeles, y no he mutado a robot newyorkino.
Suena el timbre y me siento obligada a salir de mi ensimismamiento. Salgo de la habitación y voy a la puerta a ayudar a mi tia a ejercer de anfitriona.
Llego a la puerta suponiendo que será alguna chica robot del instituto o alguna rica cotilla amiga de mi tia. Justo cuando Sophie abre la puerta yo compongo una sonrisa llena de amabilidad. Pero todo tipo de emoción que pudiese estar sintiendo se disipa para dejar paso a la simple y llana sorpresa.
En ese mismo instante supe que a partir de ahí todo serían problemas.

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